Para Tatiana

jueves, 2 de junio de 2011


 Cuántas veces fuiste

 la Venus de las Pieles del Norte

 Ahora descansas   —como la canne en el hierro—  

 sobre la piel ensangrentada del animal 

 que nació de ti con violencia


21. Cuántas veces fuiste
la Venus de las Pieles del Norte
Ahora descansas —como la carne en el hierro—
sobre la piel ensangrentada del animal
que nació de ti con violencia
Archivado con el hashtag 'Larvario': 92. Apaga sobre su cuerpo cada uno de los cigarrillos que fuma. Ella parece no sentir el dolor de la quemadura. Repite de manera monótona la misma frase: Cada herida es el goce del niño, con este gesto volvemos a nuestra infancia.
Archivado con el hashtag 'Adminículos': 46. Un cuerpo es un objeto con muchos cuerpos encima. En esa hoja en blanco tu carne se pudre. Eres la mujer amordazada sobre su cama, violada por un desconocido que tuvo para ti una pasión que no comprendiste. Me gustaría aparecer en una de esas fotografías —dijiste—, y en una de ellas Nicole Leigh, ama de casa de 31 años, está tumbada sobre una cobija con las piernas abiertas, llena de sangre y orina, pudriéndose lentamente desde una sonrisa imperceptible —ahí donde alguien abrió sus ojos y la quijada—. Quiero que me amarres así —susurraste—, y al preguntarte por qué me respondiste que no podías ni querías sentir tu cuerpo. Si me acerco lo suficiente, puedo oler esas pequeñas secciones de ti que empiezan a descomponerse. Entonces comprendo que lo que he leído en esas páginas, en éstas que escribo, también se pudre bajo tu piel. Las palabras han sido, todo este tiempo, para ti y para mí, un organismo en estado de putrefacción. En tu carne desnuda hay otras marcas, incisiones, animales muertos como Nicole Leigh. Comprendo que he venido para arrancarte algo, para desgarrarte, y no sé si soy capaz de ese gesto. No sé si podré aniquilarte y aniquilarme. No puedo escribir un cuerpo —el pliegue del único orificio, la cabeza devorada por el muñón, sus secreciones—, nunca aprendí a escribir.
Archivado con el hashtag 'Larvario': 93. La mujer me habla de ese muchacho sin piernas que, en su adolescencia, se tiraba al piso de manera intencional. Sospecho que le gustaba que yo me riera de él. Ella no sabía que él abría su carne con cada sonrisa, que su espuma entraba en sus poros, asegurando su descendencia. Quiero amar estos muñones, quiero que alguien se me entregue así. ¿Qué deseamos —si es que se le puede llamar deseo— de aquel miembro que sólo podemos experimentar como ausencia? Ella era muy joven también. La escena que más recuerda es cuando se sentó en la silla de ruedas del muchacho —en el lugar donde deberían estar sus piernas—. Él se agarró de su cintura, reían, y la gente los miraba como si esa fuera la imagen más obscena que hubieran visto en toda su vida. ¿Lo quería? Ella lanza la misma espuma cuando habla de él, lo hace desde una llaga abierta que cada vez se hace más grande. Se sacudía en el piso, como un bicho patas arriba. Él podía levantarse por sí mismo, pero esperaba a que yo lo hiciera. A veces vuelvo a experimentar ese deseo. Veo esos cuerpos deformes y quiero que volteen a verme, que me miren fijamente a los ojos. Me siento fea a su lado —confiesa—.
El lugar tenía como fachada un bar de mala muerte. Llegamos cerca de la medianoche. Yo no sabía de la existencia de tales lugares hasta que, en aquella visita a Las Cruces, cinco años atrás, Francisco Casas me contó de sus correrías con Marío Bellatín en el D.F. En aquel momento no le creí: asumí que la anécdota era parte de uno de esos mecanismos que hacen de la literatura la vida misma, que visten al lobo con piel de lobo. Nos sentamos con Ernesto y su pareja en una mesa cercana al escenario. Pedimos vodka tonic. Transcribo la breve descripción del lugar que ella anotó en su libreta: Once mesas, una alfombra oscura llena de arabescos indefinidos, un pequeño escenario y, sobre él, una serie de lámparas y espejos —cuyo reflejo nos devuelve una imagen amarillenta y opaca—. Ocurrió lo que tenía que ocurrir, pero no encontré en el espectáculo, en esa puesta en escena que fingía placeres, que intentaba reproducir cierto furor sadomasoquista, la violencia que sí encontré en los espejos. Pude vernos, a ella y a mí, con la mirada fija en un punto que no era sino la aniquilación de toda posibilidad de identificarnos con lo que sucedía a unos cuantos metros. Estaba sola, supe que debía buscarla, hacerle saber que no la había abandonado, pero no lo hice. Nuestro rostro, este reflejo, se convertiría de un momento a otro en el espejo del Callejón del Gato. Nos llenamos de espanto sin motivo aparente. Ernesto se dirigió hacia nosotros con una sonrisa que no ocultaba su satisfacción, orgulloso de habernos llevado a ese lugar, pero ya no podíamos escucharlo. Alguien lo había preparado todo, alguien había anticipado nuestro miedo. El salón es este ruido ensordecedor, el humo del cigarrillo, tu mirada perdida.

viernes, 27 de mayo de 2011


 Ésta es mi fascinación por la muerte

 No puedo condenar al asesino   No puedo reinvindicar a la víctima

 De mi fascinación no puede nacer nada

 No puedo decir nada

22. Ésta es mi fascinación por la muerte
No puedo condenar al asesino    No puedo reinvindicar a la víctima
De mi fascinación no puede nacer nada
No puedo decir nada
Archivado con el hashtag 'Larvario': 94. Tenía nueve años cuando mi primo empezó a abusar de mí. Él tenía diecinueve. Me apartaba de la familia —casi siempre en reuniones o fiestas—, me encerraba en alguna habitación y me amenazaba. Hacía que me masturbara. Él nunca se tocó pero me decía, una y otra vez, lo sucia que era, lo poco que yo valía. Conocí el placer a la par del miedo y la angustia. Un día me puso un cuchillo en la garganta, pero no era un cuchillo, era una rastrillo que tomó del cuarto de baño de mi casa. Tampoco lo acercó a mi cuello. Lo que hizo fue ponerlo tan cerca de mi sexo que sólo pude temblar y llorar en silencio. Él hundía ese brazo reluciente y frío de madera oscura, entraba en mi carne con las fauces de miles de insectos, ocultaba sus larvas bajo tierra. Desde entonces todo crece en mí con mayor vigor. Ahora sólo quiero volver a ser esa niña. Tengo la necesidad de esta violencia, nadie me la puede arrebatar. Mi genitalia ya es la del escarabajo: un cuerpo extraño por el que no corre la sangre tibia del animal. Puedes hacer de mí lo que quieras. Puedes golpearme.
Archivado con el hashtag 'Adminículos': 47. Un artefacto repite dos secuencias: 1. El extreme close up en Eraserhead (1977) que muestra cómo la sangre brota de manera ininterrumpida de un animal muerto y diminuto, y 2. La célebre secuencia de Pyscho (1960) en que la sangre y el agua son devorados por la pupila de Janet Leigh. Las dos nos enfrentan a un orificio llamado carne, las dos ejercen una fascinación que te hace desear ser ese mecanismo con que la cámara logra un falso registro de lo animal. En Eraserhead, la carne es algo producido por el hombre —"We’ve got chicken tonight. Strangest damn things, they’re man-made"—, algo que mantiene una relación anímica con él. Un ejemplo: mientras Henry pincha el cuerpo del pollo para cortarlo, cuando éste comienza a sangrar y a patalear, la madre de Mary sufre un acceso violento que termina con un grito de horror. El cuerpo emerge como una presencia terrible y extraña. Por otra parte, la abertura en Psycho —reproducida dos veces en el ojo de la mujer asesinada y el desagüe— supone un momento de transición entre el acto de brutalidad en donde el cuerpo es fragmentado, presentado en una serie de distintas posiciones de cámara, y la desaparición del mismo, su disolución en la abertura —que culmina con esa larga secuencia en la que Norman Bates limpia de manera minuciosa el cuarto de baño—. Si en Eraserhead la carne se desborda de manera exultante en el signo sangre, en Psycho encontramos el mismo signo diluido, tragado por ese vacío que termina por ser la superficie impasible del ojo. Dos momentos: desmesura y contención. Ambos registros son posibles por una violencia ejercida contra la mirada: 1. Obligada a ver desde muy cerca la sangre que se vuelve espuma; y 2. Enfrentada al ojo voraz del muerto. Estremecimiento y quietud, falso movimiento del animal.
Archivado con el hashtag 'Larvario': 95. Lo quemé todo, sólo me quedó la escritura. No había cuerpos que me esperaran, no me dirigía hacia ti. Fue en esa soledad que conocí la intimidad, el vínculo que une a la víctima con su verdugo. Ella afirmaba ser un animal, un pulso embrutecido que buscaba la exasperación de la carne, la desgarradura. Conviértelo todo en un instrumento con el que puedas golpearme, parecía decirme, y yo le abrí la boca a golpes. No disfrutaba de su placer, no disfrutaba de su mirada anhelante y lúbrica. Sentí odio y desprecio. Ella era un niño sobre el que una multitud de muchachos podía escupir, y yo era esos jóvenes y su crudeza. Escupí sobre su boca abierta, escribí mi desprecio sobre su piel. Ella me lo agradecía cada día con una devoción pagana. Su cuerpo, lleno de marcas y contusiones, rebozaba de alegría. Ahí se llevaban a cabo las transformaciones más profundas.
La mayoría de las reuniones se promueven entre pequeños círculos de amistades. Se fija una fecha, un punto de encuentro, un número de asistentes y, si se ha contratado un lugar para la reunión, una cuota de recuperación. La etiqueta dice que uno debe ir vestido de negro. La mayoría de las veces, dichas reuniones terminan en conversaciones vulgares y halagos mutuos. Su cordialidad es la de las vacas. Así las cosas, cierto Bdsm es el Halloween de los oficinistas y de la clase media alta. Para esas bestias, la versión de una sexualidad un poco menos aburrida contiene correas, fustas, objetos fetiche y protocolos ridículos. Estoy siendo generoso. No sé de dónde sacan que su mundillo está lleno de rituales y momentos de trascendencia. 'Me entregué por amor, me conocí a mí mismo'. Las frases hechas van y vienen mientras alguien azota el culo de una mujer domesticada con sexo duro y tartas de chocolate. Sobra decir que pronto buscamos algo menos domesticado. Queríamos acariciar a la bestia de manera directa. En el fondo, eramos igual de ingenuos que ellos, pero con un poco más de curiosidad. Fue la Marcela la que nos introdujo en aquel grupo sin nombre que se reunía en aquel viejo bar de la Colonia Centro. No hubo ceremonia de iniciación, no hubo rituales fingidos ni palabras de bienvenida.

martes, 24 de mayo de 2011


 Tu cuerpo es como un insecto 

 que ha sido manipulado para su preservación

 Está ahí   Suspendido como un coleóptero atravesado por un alfiler 

 No te engañes   Detrás del arrebato   Detrás de la violencia   Hay un gesto preciso 

 que sabe dónde y cómo colocar el filo

 La misma precisión que también tiene el ojo detrás de la cámara

 El dedo que acciona el mecanismo Luisa L. Gardner*

 Divorciada   33 años   Dos hijos


  


 *  El cuerpo fue encontrado a las 3: 45 de la mañana. Un sólo tipo de semen. No se presentó ningún testigo. 

 
23. Tu cuerpo es como un insecto
que ha sido manipulado para su preservación
Está ahí   Suspendido como un coleóptero atravesado por un alfiler
No te engañes   Detrás del arrebato   Detrás de la violencia   Hay un gesto preciso
que sabe dónde y cómo colocar el filo
La misma precisión que también tiene el ojo detrás de la cámara
El dedo que acciona el mecanismo Luisa L. Gardner
Divorciada   33 años   Dos hijos
Archivado con el hashtag 'Larvario': 94. Ella le ordena arrancarse un pedazo de carne. Le pisa la cara con unos zapatos gris oxford, altísimos y relucientes. Imagina que lo desfigura, que lo convierte en un ser tan repulsivo que nadie más se atrevería a mirarlo. Quiere entrar en la habitación de la infancia como un lobo, hundir sus colmillos en el rostro del niño, quitarle la vida misma sin matarlo. Él tiene que agradecerle todo.
Archivado con el hashtag 'Adminículos': 48. El traje de látex toma la forma del cuerpo y lo contiene. Eres un caballo con un cable de metal enredado en el cuello. Intentas zafarte, relinchas, das de coces mientras tu crinera —una sonrisa en el vacío— despide un aroma que hace que los insectos se ceben en tu carne salada y curtida. Estás amordazada, amarrada a ti misma. Se escucha el Red Apple Falls (1997). ¿Qué hacer con un cuerpo inmovilizado y expuesto? El cable de metal se hunde en tu cuello, abre una llaga que no podrá cerrarse —estos son, mujer, tus estigmas—. Piensas en una caja, en un baúl cerrado en el centro de una habitación. Ahí están tus piernas, blancas y sin una gota de sangre. Un animal se agita con angustia, pero tú no te mueves ni quieres hacerlo. Las fauces de un puño caen sobre ti. Most of my fantasies / are of / making someone else come. Pierdes poco a poco el conocimiento. Alguien canta mientras enciende un cigarrillo.
Archivado con el hashtag 'Larvario': 95. Elsie T. Clarke, joven asesinada en 1971, aparece en una serie de fotografías publicadas en un artículo de criminalística. Desde la primera vez que las vi no pude dejar de pensar en ellas. Las fotografías la muestran desnuda, abierta de piernas, con un cable alrededor del cuello. La cara está hinchada por los golpes, las piernas y el tórax cubiertos de contusiones. Fue violada y sodomizada con un objeto cuyo aroma se parece al del matadero. Puedo sentir el pulso de sus lustrosas desgarraduras, puedo oler la sangre en su vello hirsuto y oscuro. Todo se resolvería si pudiera arrancar el pelo de su sexo, si pudiera ver de manera directa el espumarajo, el hervor de las larvas, si Elsie T. Clarke tuviera el pubis de una niña. Sólo así la imagen perdería el poder de fascinación que ejerce sobre mí, sólo así mi deseo perdería fuerza, se domesticaría, volvería a relucir como un animal sano y vigoroso.
No deseo la juventud de tu cuerpo, esa larga lista de atributos que pintarrajean el rostro de las mujeres, que las reducen a esa visión domesticada del goce. No, lo que a mí me interesa, lo que busco en ti, es tu cuerpo abandonado a la oscuridad de la carne más profunda, el roce imprevisto que espera con terror su propia aniquilación, la disolución de toda capacidad de identificarse con un gesto llano y vulgar. Recuerdo tu afición ingenua por las medias de seda, por los zapatos, por todo lo que te convierte en tu propio fetiche —para Baudrillard, entrar en el terreno de la seducción es "producirse" en ilusión, es abandonar toda naturalidad—.  No, lo que yo busco es tu desnudez plena, tu mano sin guante que la cubra, tu pie descalzo, un amplio territorio donde no hay señales que indiquen qué camino seguir, qué certezas tenemos, qué placer hemos deformado con placeres más pobres y repetitivos. Quiero ese momento en que, mirándome fijamente a los ojos, con voz entrecortada, me pides que te queme con lo que sea muy adentro del sexo; ese instante en que, a pesar de todo, no puedo ver nada detrás de la voz y la mirada.  Quiero  ese gesto que afirma aquí estoy, aquí no encontrarás nada, tendrás que escribirlo todo.

jueves, 19 de mayo de 2011


 En la espuma del vientre crecen las crías

 Sus hocicos ya devoran la carne   Sus pezuñas chillan porque saben

 —Porque  ya conocen este aroma—

 Que nacerán con la yugular abierta

 Con la sangre agolpada

 Con los ojos cerrados

24. En la espuma del vientre crecen las crías
Sus hocicos ya devoran la carne   Sus pezuñas chillan porque saben
—Porque ya conocen este aroma—
Que nacerán con la yugular abierta
Con la sangre agolpada
Con los ojos cerrados
Archivado con el hashtag 'Larvario': 96. Long Jeanne Silver usaba el muñón de su pierna  —malformación provocada por la Talidomida— como un instrumento fálico. 64 minutos, en 1977, le bastaron para instalarse de manera definitiva en el imaginario de la industria pornográfica. Escena inolvidable: Long Jeanne Silver sodomizando a un joven homosexual que, más tarde, confesaría que sólo cerró los ojos y esperó a que todo terminara. Salvador Elizondo afirma: "Los inválidos, los deformes, nos turban espiritualmente porque son la prefiguración de una de nuestras posibilidades". Pero la turbación no sólo es espiritual, también es corporal. ¿La has sentido alguna vez? Alguien confiesa yo quiero ser ese muñónposeerlo y que me posea. En ese deseo se formula una pregunta que inquiere por una parte del cuerpo —por ese segmento deforme y ausente que, confiesas, te gustaría producir—, no por la identidad, nunca por ti.
Archivado con el hashtag 'Adminículos': 49.  Tu carne se convierte en otra cosa, ya no necesita de ese impulso inicial que dicta que algo debe abrirse, que debe ser controlado por alguien que decide cómo y con qué intensidad. Ya no lo necesita, pero ha caído en otra trampa. Algo es escrito sobre ella, un fragmento, una esquirla, algo que bien podría decir «Ceci n'est pas une pipe». Alguien fabrica una prótesis porque huesos, músculos y tejidos han desaparecido. Alguien te golpea la cara mientras repite una frase que ya no puede ser obscena, cubre tu cabeza con una bolsa de plástico. Padeces una deformación pregresiva y ostensible. Un animal como un cuerpo —el brazo de madera y sus adminículos de metal— finge la asfixia y el placer de la asfixia. Las marcas de los golpes dan testimonio, las cuerdas, el puño dentro del cuerpo.
Archivado con el hashtag 'Larvario': 97. No te persiguen los chillidos del animal. No piensas en su agonía. Volverías a cortar las patas del roedor sólo para ver cómo se retuerce, cómo intenta aferrarse, desconcertado, a un gesto de supervivencia que ya no tiene ningún sentido. Volverías a usar esa sustancia que hace que los peces se disuelvan de manera lenta en el agua turbia. Volverías a atormentar con el hierro a las crías del puerco, a los animales del rancho de tu abuelo. Volverías a ser aquel niño que, como Gamoneda, colgaba de las patas a una perra para golpearla con un cable. No hay culpa. No hay nada. La violencia es inexpugnable porque es sólo un instante, una de las variantes de la muerte sobre la que pesa un falso interdicto: no reproducirla. ¿Qué mejor que dirigirla hacia el cuerpo vacío, contingente y desechable, del animal? Ahí, en esa cabeza, todos los efectos permanecen ocultos.
He amado para borrar sus rostros, para que nuestros cuerpos se levanten como la ceniza se levanta de los restos del fuego, para que en otro tiempo, en otro lugar, podamos decir no sé quién soy, no sé quién eres. He amado sus cuerpos porque no puedo reconocerme en ellos, porque en su caricia hay un vacío, un foso en el que quiero caer a ciegas No quiero que nada me perturbe: ni sus gestos, ni su voz, ni su entregaHe de escribir mi propia aniquilación en su carne. La brisa respira la sal de la espuma, el mar entero si mi piel es el fuego y nada importa. He amado al hombre frente al espejo.

 Querías arrojarte a su cuerpo

 Arder en esa caricia a contrapelo   Arder en esta quemadura

 Abriste su cuerpo para las caricias

 Te arrojaste

25. Querías arrojarte a su cuerpo
Arder en esa caricia a contrapelo   Arder en esta quemadura
Abriste su cuerpo para las caricias
Te arrojaste
Archivado con el hashtag 'Larvario': 98. En esa azotea de tu infancia —en la que pasabas horas esperando a tu madre— no sólo descubriste cierta vocación de suicida, también adquiriste el placer sexual. Orinabas al aire libre, defecabas en ese pequeño frasco que después ocultabas, jodías contigo mismo. No podías imaginar el cuerpo de la mujer, no lo conocías, pero sí identificabas cierto aroma, sí podías recordar como golpeabas en el rostro a la niñita que te seguía, a pesar de todo, como una perra fiel e incapaz de mostrar los dientes. Subías todos los días durante la tarde, esperabas a que empezara a anochecer. Eras un predador hambriento y famélico. Nadie puede recordarte así, desnudo y tendido mirando al cielo. Nadie puede arrebatarte ese goce.
Archivado con el hashtag 'Adminículos': 50. No puedo escribir. El que escribe es el autómata. Su mirada está fija en el punto en que la escritura deja de ser un animal vivo. Sus manos —lustrosas y frías— repiten un sólo movimiento: segmentan la carne, la limpian, la separan del hueso. En ese estado, la carne ya no es el animal sino muchos cuerpos. Para poder construirlo tuve que deshacerme de todo. Lo único que me queda es una habitación, llena de cajas y frascos, en la que guardo estos insectos. He aprendido a conservarlos, me he dedicado a ello con esmero y paciencia. Atrevo modestas disecciones, aún soy un aprendíz. Para poder escribir hay que matar a alguien. Para poder conservar esa máquina, para que sus manos repitan una y otra vez la misma acción, tengo que escribir con cierto detalle sobre los procedimientos que hacen posible su funcionamiento. Escribo un manual, aprendo a usarlo y me equivoco. No puedo escribir. Escucho el murmullo del insectario en la oscuridad. Mi placer consiste en imaginar que lo devoran todo.
Archivado con el hashtag 'Larvario': 99. En nosotros todo está en estado larvario, en latencia. A diferencia del insecto, cuyas larvas crecen de manera natural según su propia constitución, nuestros apetitos crecen de manera arbitraria. Están ahí, se alimentan de nosotros. Ahora mismo son una pequeña parte de nuestro organismo —lo podemos intuir—, pero no sabemos si un día serán el cuerpo mismo, la totalidad de la carne. Están aquí, inmóviles, en el lugar que debería ocupar la escritura. Nos hacen desear la ausencia de un brazo, de una pierna. Nos hacen sentir esa carencia, nos obligan a decir quiero perder este miembro, quiero un cuerpo vacío.
Me conmueve la desaparición de este cuerpo. Sé que la escritura no permanece, que nada quedará de este deseo. Lo he deseado todo, lo he poseído todo de manera violenta. Soy una multitud que desemboca en otra. Al escribir esto sé que me traiciono. Quiero que mi cuerpo sea la escritura y poder golpear esa carne. Esta perorata es muestra de mi orgullo y de mi más hondo fracaso.